martes, 26 de mayo de 2009

El aborto

Para todos no es un secreto que para todas las personas que aborten lo mas probable es que tenga que pagar una multa en mi cocepto aquella persona que aborte maximo 10 años de carcel y una cuota de un salario minimo. Sé que es un tema peliagudo, pues he estado en varios países en el momento en que se discutía su despenalización. Cuando viví en Madrid, a finales de los años 80, el aborto estaba prohibido y muchas de las españolas que tenían embarazos no deseados debían hacer maletas e irse a Londres o a París, sociedades más desarrolladas en donde la interrupción del embarazo era un servicio gratuito de la Seguridad Social. Eso hacían quienes contaban con medios, pero en España también había clínicas privadas que practicaban el aborto de forma más o menos encubierta —igual que las hay hoy en Colombia—, y tanto los médicos que allí trabajaban como las instalaciones de estos centros eran blanco diario de grupos ultra ortodoxos cristianos que iban allí a tirar tomates y huevos y a gritarles: “¡asesinos!” a las pacientes y doctores, o a tomarles fotos a las mujeres que entraban para reproducirlas en pancartas gigantes con el lema de “asesina de su hijo”, algo muy incómodo y, sobre todo, disuasorio, razón por la cual la mayoría prefería endeudarse o vender algo para hacer el viaje a otro país, o arriesgarse con abortos clandestinos, como pasa hoy en Colombia, con los resultados catastróficos que ya conocemos. A estos ultracristianos, de vez en cuando se les iba la mano y quemaban un carro o le abrían la cabeza a alguien con un bate de béisbol, y por eso salían en los noticieros. Recuerdo las fauces babeantes de estos fanáticos, rostros como de la Edad Media, la barbarie en su estado más puro, ignorantes del debate de la civilización que ha logrado encontrar terrenos para aplanar las diferencias sociales derivadas de la diferencia de sexos, algo que, si uno mira con detenimiento, resulta ser lo más sencillo de entender y que cae por su propio peso: que a la mujer, por el hecho de serlo y de llevar el receptáculo de la reproducción, no se la debe penalizar y es libre de decidir lo que hace con su cuerpo, y ya. Es sencillísimo: quien no lo entienda, Dios santo, tendrá que regresar al colegio, o a las cavernas, o no sé a dónde.